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UN DÍA CUALQUIERA DE ABRIL

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desahucio10[1]

Sentía ansiedad, nervios, enfado, pero sobre todo impotencia… Me miré al espejo, el miedo se podía ver en mis ojos y la tristeza en  mis lagrimas. Intentaba encontrar, en algún rincón dentro de mí, una gota de esperanza, un golpe de fuerza y valentía para afrontar la situación, pero me di por vencida. La suerte no había jugado a mi favor, y no encontraba la manera de luchar para que esta cambiara.

Impotencia. Antes de salir, recorrí los pasillos de casa, acariciando las paredes con las yemas de los dedos, deteniéndome a observar cada fotografía, descolgándola y metiéndola en una vieja caja de cartón. Me quedé mirando un buen rato los huecos vacios que dejaban las fotos, el verdadero color que habían tenido las paredes hacía ya años, cuando compré la casa llena de ilusión, deseando empezar una nueva vida y crear recuerdos inolvidables en ella.

Nunca pensé que llegaría el día en que echaría de menos el olor del puro de mi padre que se había quedado impregnado en las paredes, esos muebles horribles, viejos y heredados, las cristaleras antiguas o las baldosas mal colocadas.  Después de un buen rato me calcé, respiré hondo y bajé al portal, acompañada por mi  padre y  mis tres hijos, a los que debía mantener y no sabía cómo. Mientras bajaba los escalones agrietados pensaba en aquella frase que queda tan bonito decir “El dinero no aporta la felicidad”. ¡Mentira! Si yo tuviera suficiente, no me encontraría ahora mismo entre la espada y la pared, en esa situación que me angustiaba, me comía por dentro, me hacía llorar, perder la esperanza, querer dejar de luchar, abandonarlo todo y huir, pero sabía que había algo que no dejaba rendirme.

Me apoyé en la pared amarillenta del portal, poco a poco fui flexionando las rodillas hasta quedar rendida en el suelo, y allí tapándome la cara con las manos y reprimiendo el llanto, un dulce beso me rozó la mejilla. Lo que no había encontrado antes frente al espejo, esa gota de esperanza, acababa de recibirla ahora. La había tenido junto a mi todo ese tiempo, mis hijos. Ellos eran por lo que debía seguir luchando hasta el final, y mientras quedara la más mínima probabilidad de vencer mi mala suerte, yo seguiría defendiendo lo que era mío. Mi casa.

Estaba aturdida, sabía que debía seguir, pero aún  o sabía cómo, y eso me volvió a desesperar, pero mi padre me recordó que “La buena suerte siempre acaba llegando a aquellos que la necesitan”, y entonces escuché mucho jaleo en la calle. Me levanté del suelo, apoyándome en la pared, me sacudí el polvo de las rodillas, con las mangas del jersey me sequé la lágrimas, acaricié las mejillas de mis esperanzas, mis hijos, y di un tierno beso a mi fuerza, mi padre.

Temblorosa agarré el pomo de color dorado envejecido de la puerta, lo giré y esperé unos segundos para coger aliento antes de empujarla hacia afuera.

Con la cabeza lo más alta que pude, salí a la calle y alcancé a ver como una multitud rodeaba mi casa y reclamaba justicia. En frente, el cuerpo policial y el agente judicial. Ese dragón que aparecía en mis sueños cada noche, el monstruo al que temía desde hacía tanto tiempo, el que me dejaba en vela. Era el momento de enfrentarme a él, pero no sabía por dónde empezar, ni qué hacer, ni  cómo reaccionar, estaba paralizada por el  miedo, y volví a perder las fuerzas.

Mi corazón latía cada vez con más fuerzas, mi aliento se aceleraba, se me formó un nudo en la garganta y el estómago  y perdí el control de  mi mente. Entonces, grité. Un grito que me desgarró la garganta. Más bien sonó como un aullido ahogado para pedir auxilio, y funcionó. Aún no logro entender cómo, pero llegó aquello que volvió a esperanzarme.

Un caballero andante, pero esta vez sin armadura, capa y espada, sino con traje, corbata y maletín. Vi su silueta acercarse, haciéndose hueco entre la multitud, sin vacilar ni titubear, decidido. Al llegar hasta mí  me extendió la mano, a lo cual respondí con el mismo gesto. La apretó con fuerza, y la movió elegantemente arriba y abajo dos o tres veces, para saludar. Ese gesto me pareció frio y calculado, pero no tardé en cambiar de opinión. Puso su otra mano por sobre la mía, proporcionándome confianza y afecto. Me miró a los ojos, y noté como si se metiera en mi mente, removiendo sentimientos, encontrando mis inseguridades, eliminándolas y ayudándome a encontrar la valentía que pensé, había perdido.

Era un chico joven, alto y fuerte, de unos veintidós o veintitrés años, moreno, con unos ojos que puede examinar bien, de un color miel precioso y con un brillo especial.

-Jordi, estudiante de derecho. Estoy aquí para defender su caso.-Se presentó. Su voz era grave, y ronca pero aún así tranquilizadora.

Esa frase, a mis oidos sonó muy distinta: “Jordi, el caballero que va a salvarla del dragón, para que pueda regresar a palacio”.

-Estoy aquí para luchar con usted, contra la injusticia a la cual se ve sometida. Quiero cambiar aquello que parece imposible. Quiero salvarla a usted señora García.- Siguió. Sonreí, ya sabía qué hacer. Tenía la fórmula y la ayuda para hacerlo.

Jordi, decidió que era hora de hablar con el agente judicial y, decididos, caminar hasta posicionarnos en frente.

Mi caballero se presentó, y no tardó a pedir que se marcharan, que por ley ellos aún no debieran estar ahí. La propuesta pareció no agradar al dragón, que se negó y dijo, utilizando muchas palabras que no lograba comprender, que el banco no daba más tiempo y debíamos abandonar nuestro hogar.

Cuando pensé que ya estaba perdido, Jordi sacó de su maletín un montón de papeles desordenados y se apresuró a buscar el que necesitaba. No tardó demasiado, puede que solo unos segundos, pero se me hizo eterno.

Cogió un folio y se lo extendió con el brazo al agente. Éste se colocó bien las gafas con el dedo y releyó el papel de arriba abajo mientras avanzaba moviendo la cabeza en señal de aceptación. Acabó. Me miro a los ojos, miró a Jordi y pidió a los agentes amablemente que ya no era necesaria su ayuda y podían irse. Mientras lo hacía, me dió tiempo de pedir explicaciones al que me acababa de salvar de las garras del dragón. ¿Cómo lo había logrado?. Él me explicó que por ser una mujer en paro, con familia numerosa, y que las cláusulas del contrato eran abusivas, podía recurrir el desahucio y pedir más tiempo para que pudiera pagar mis deudas.

Por eso, en todo momento, el caballero se había mostrado tan decidido y atrevido, sabía perfectamente que ficha mover, y lo había hecho con tal destreza que nunca podría llegar a agradecérselo.

-Más tiempo, le damos más tiempo para que pueda pagar las deudas señora García.- Dijo poco después el agente judicial.  Después de eso se giró bruscamente y se marchó.

Rompí a llorar de alegría, el nudo de la garganta se deshizo y respiré. “Gracias” era la única palabra que era capaz de pronunciar, y no estaba segura que la dijera de una manera comprensible ya que no podía parar de jadear y llorar.

Jordi sonreía, se sentía satisfecho, y debía estarlo, porque acababa de salvarme no solo a mí, sino a una familia entera.

Ese veintitrés de abril, los vecinos aplaudieron desde los balcones, la gente que se encontraba en la calle gritó entusiasmada. Habíamos vencido. Él, el caballero al dragón.

En realidad solo me habían proporcioanado tiempo, más tiempo, pero yo ya había recuperado las fuerzas para seguir luchando, y ahora estaba segura que podría ganar suficiente para acabar con la pesadilla.

Perdí la noción del tiempo, no logro recordar cuánto estuve abrazada a Jordi, agradeciéndole lo que había hecho. Pensé que la mejor manera de demostrárselo era invitándole a casa, a la casa que acababa de salvar. Aceptó.

Una vez allí volví a respirar paz y tranquilidad, el ambiente ahora estaba relajado y las paredes vacías ya no me asustaban, me daban fuerzas para mantener en pie y volverlas a adornar con  nuevos recuerdos que estaba dispuesta a seguir viviendo allí.

Jordi pidió permiso para ir a la calle por un momento. Se marchó, y en ese momento de intimidad me abracé a mi padre con fuerzas suspirando de alivio. Ambos notamos como a nuestras piernas también se abrazaban mis pequeños, felices, gritando y riendo. ¡Bendita inocencia!, pensé.

Poco después volvió a aparecer Jordi por la puerta, pero esta vez con una hermosa rosa en la mano. Se aproximó a mí y me la acercó a la nariz para que pudiera olerla. Era magnifico su aroma y su color rojo brillante.

Cogí la rosa con la mano, y prometí que guardaría aquella preciosa flor para siempre. Él sonrió. Entonces bajó la vista y yo hice lo mismo, y vi como mi hija más pequeña le estiraba  tiernamente del pantalón para reclamar su atención. Jordi se arrodilló a su lado, y ella tímidamente y sin decir palabra le regaló su posesión más preciada, su libro de cuentos. Él  afectuosamente lo cogió y antes de que pudiera agradecérselo, la pequeña se puso de puntillas y le dió un beso en la mejilla que lo conmovió, e inmediatamente se fue correteando, saltando y bailando por los pasillos.

-Fuerzas.- Dijo el caballero.

-Ahora las tengo.-Respondí.-Gracias

 

“UN DÍA CUALQUIERA DE ABRIL”

ANDREA MADINA GÁLVEZ  (18 años)

25è Concurs Literari Sant Jordi 2015

Servei de Biblioteca Municipal de Les Franqueses del Vallès

Tercer Premi Categoría  “F” nascuts el 1998 o en anys anteriors

 

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